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El chavismo es una antigüedad

por Rodolfo Terragno el 19/09/2012 a las 05:28 horas
Supuesto creador de un modelo, el presidente de Venezuela es sólo una fotocopia de autócratas populares de antaño, reaccionarios o de izquierda.
El comandante Hugo Rafael Chávez Frías no inventó nada. Su gobierno es una reproducción de las autocracias populares que, décadas atrás, poblaron Sudamérica. Los autócratas solían ser, como él, militares; unos de derecha, otros de izquierda, pero todos profetas del llamado populismo: ese cóctel de nacionalismo formal y socialismo oratorio que se alimenta de conflictos y termina dividiendo a las sociedades. Tenían apoyo social y, unos pocos, legitimidad de origen: habían llegado, como el propio Chávez, avalados por el voto popular.
 
Los regímenes populistas proliferaron en la región durante la Guerra Fría.
 
Los sustentaban Estados Unidos o la Unión Soviética.
 
Venezuela conoció, mucho antes de Chávez, otro caudillo intolerante y popular. Era, en ese caso, un hombre de derecha. Se llamaba Marcos Pérez Jiménez y encarnó lo que llamaba "el Nuevo Ideario Nacional". Según él, no hacía sino cumplir "los sueños del Libertador Simón Bolivar", que al parecer había soñado con torturar adversarios, clausurar diarios y organizar un plebiscito para perpetuarse. Pérez Jiménez decía "Mis obras hablan por mi" y eso es lo único que, renuentemente, le reconoce la Historia: la arrolladora obra pública que, concebida por él como un automausoleo, igual dotó a Venezuela de una notable infraestructura. El hormigón armado no alcanzó, sin embargo, para tapar la violación de derechos humanos.
 
Colombia tuvo también su autócrata popular, aunque con (una leve) inclinación a la izquierda. Fue Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), llamado "El Jefe Supremo".
 
Era reacio a la oposición e inició una cruzada contra los "monopolios" de prensa, servidores de "la oligarquía". Aquella cruzada culminó con el cierre de El Siglo, Diario Gráfico, El Tiempo y El Espectador.
 
Rojas se procuró el apoyo del campesinado, amnistiando a guerrilleros rurales, repartiendo tierras y obsequiando fondos. Como su par venezolano, impulsó la obra pública; pero se lo recuerda, más que por rutas o aeropuertos, por su apoyo a la pacificación. "La Violencia" -ese período de cuasi guerra civil que llevaba un lustro- acabó en 1953, año en el cual Rojas se hizo del poder. Coincidencia o no, es un mérito aceptado por la Historia, que en todo lo demás es poco dadivosa con él.
 
Durante el gobierno de Omar Torrijos (1972-1981), "Máximo Líder de la Revolución Panameña " y "Supremo Jefe de Gobierno", Panamá recuperó el Canal, que parecía un eterno enclave de Estados Unidos.
 
Ni ese logro, ni medidas sociales justicieras, pudieron disimular sus vicios, como la clausura del Congreso, la supresión de los partidos políticos y, sobre todo, la persecución que convirtió opositores en desaparecidos.
 
En Bolivia, Alfredo Ovando (1969-1970), que nacionalizó la Gulf Oil Corporation, dejó, también, un rosario de desaparecidos.
 
No fue el caso de su sucesor, Juan José Torres (1970-1971), que lo igualó en autoritarismo pero no en crueldad.
 
Reemplazó el Congreso por una Asamblea del Pueblo, integrada por trabajadores y estudiantes; pero le dejaron poco tiempo para profundizar la autocracia popular. Fue derrocado y luego asesinado en Buenos Aires por sicarios de la luctuosa Operación Cóndor.
 
Juan Velazco Alvarado (1966-1975), "Presidente del Gobierno Revolucionario", del Perú, expropió numerosas industrias, estableció monopolios estatales, se apoderó de la totalidad de los diarios y planeó -como luego lo haría la dictadura argentina- una guerra con Chile. Aún se recuerda su célebre frase: "Que los chilenos se dejen de cojudeces o mañana desayuno en Santiago". Los campesinos, a los cuales otorgó nuevos derechos, fueron su apoyo.
 
Olvidados esos antecedentes, en la Argentina algunos claman por "un líder como Chávez" y otros temen que el llamado "chavismo" se extienda como mancha de aceite y llegue hasta el Río de la Plata. Tanto ilusionados como amedrentados creen estar ante una nueva ideología.
 
Imitarlo a Chávez sería, en la Argentina, retroceder más de medio siglo. Equivaldría a reimprimir la autocracia populista que Juan Domingo Perón dejó atrás en 1973, cuando regresó al país "descarnado", se abrazó con antiguos enemigos y promovió un "proyecto nacional" cimentado en el consenso.
 
Ese nuevo Perón enseñó, a cuanto peronista quiso oírlo, que el desarrollo económico y la justicia social son compatibles con el estado de derecho.
 
En el período 1946-1955 la Argentina había tenido la primicia de lo que hoy se considera una exótica fruta tropical: el abandono del republicanismo, las expropiaciones, el cierre de medios de comunicación, el culto de la personalidad, la propaganda oficial, la retórica beligerante y la partición de la sociedad en seguidores y enemigos.
 
Caído Perón, la Argentina no se reunificó y, durante décadas, no viviría en democracia plena. Hubo fusilamientos, censura, proscripciones, dictaduras no populistas, guerrillas y el infausto terrorismo de Estado.
 
El proyecto político que Perón esbozó en 1973 se ubicó en las antípodas de la autocracia populista.
 
Aquél "león herbívoro" propició, con lucidez, la creación de un Consejo para el Proyecto Nacional, integrado por los distintos partidos políticos. A ese Consejo estaba por proponerle, poco antes de su muerte, principios que dejó esbozados en un borrador. En las propias palabras de Perón, se trataba de:
 
1. "Comprender que las potencias ya no pueden tomar riquezas por la fuerza".
 
2. "Actuar en la sociedad global, lo que no es incompatible con la soberanía".
 
3. "Consolidar las instituciones".
 
4. "Convocar al empresario, para asociar sus intereses al interés del país".
 
Ya había pasado la posguerra. Ya empezaba a entibiarse la Guerra Fría. Ya nadie creía en países autárquicos.
 
Ya se había comprendido el trágico error de sembrar vientos. Ya estaba claro que la división entre réprobos y elegidos termina en tragedia.
 
Perón comprendió que lo que ahora llaman "chavismo" era una gris antigualla. Él la dejó felizmente atrás.
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